MANUEL UGARTE
Manuel Ugarte fue básicamente un hombre, un pensador argentino y latinoamericano, que supo aunar las banderas de la justicia social con las de la soberanía nacional. Perteneciente a la clase alta de Buenos Aires, terminó en la pobreza y sobre todo silenciado por el aparato de la superestructura cultural, por no abdicar jamás de sus ideas. (Fragmentos de una charla ofrecida en el Centro Cultural Enrique Santos Discépolo, de Buenos Aires, el 6 de julio de 2007).
Dentro del panteón de Grandes Malditos de la política y las letras nacionales, Manuel Ugarte (1875-1951) ocupa uno de los sitiales más destacados.
Sus libros (más de cuarenta, publicados casi todos fuera del país) son suertes de “incunables” que muy de tarde en tarde pueden encontrarse en alguna librería de viejo, de esas que hoy también escasean en Buenos Aires.
Ahora bien, ¿cuál es el delito que cometió Ugarte para ser maldecido de esa manera por el establishment cultural de la Argentina?
Así como Sarmiento llamaba a rociar con sal la tierra entrerriana luego del levantamiento del caudillo López Jordán, del mismo modo la superestructura mitrista dominante entre nosotros roció con sal la memoria de Ugarte, luego de hacerle imposible la vida en su propia patria. “Las ideas dominantes son las ideas de la clase dominante”, decía Marx, y Ugarte cometió el desafuero de no pensar dentro de ese despótico parámetro de nociones establecidas por el poder oligárquico.
El primer delito de Ugarte fue tener talento. La mediocridad del establishment mira con desconfianza al talentoso. Pero a eso sumó nuestro escritor otros dos pecados capitales: pensar por sí mismo y hacerlo sin ningún interés espurio, sólo con miras al bienestar, al desarrollo del país y de su pueblo. Ya una persona así era sumamente peligrosa porque por ese camino podía desarrollar las ideas que necesariamente desarrolló Ugarte: unir la cuestión social con la cuestión nacional, lo que en su caso implicaba retomar la vieja, magna idea bolivariana (y sanmartiniana y monteagudiana) de la unidad continental de América Latina.
Ya para los años de 1900 ese ideal de los libertadores había sido borrado de la memoria de los pueblos. Si allá por los años de 1850, Andrés González del Solar, cuñado de José Hernández, cantaba: “¡Colón! Tal vez mañana / la noble raza del latino unida / (la hora está cercana), / formando una nación fuerte y erguida / alce la sien y los espacios mida”, medio siglo más tarde los nacionalismos de campanario habían alejado esa hora del reencuentro hispanoamericano que el poeta veía tan próxima.
Ugarte retomó la idea de la unidad de nuestros pueblos y se hizo su más importante predicador continental. Recorrió América Latina (entre 1911 y 1913) pagándose el viaje de su propio peculio hasta agotarlo, levantando sobre todo a la juventud estudiantil de la Patria Grande a tan fenomenal objetivo. Si es cierto que la Reforma Universitaria originada en Córdoba influyó sobre movimientos políticos continentales como el APRA peruano y los argentinos de FORJA, no debe olvidarse, a su vez, la influencia de Ugarte sobre los propios muchachos de la Reforma.
Pese a todo, o mejor dicho por la misma importancia de su prédica, Ugarte fue el más importante y también el más prolijamente olvidado de los hombres de la llamada generación del 900.
Cuando a la vuelta de los años Ugarte se decide a hablar de ellos dice: “Voy a hablar de una generación malograda, de una generación vencida”. Y escribe un libro lleno de nostalgia y melancolía: “Escritores iberoamericanos del 900”. Allí recuerda a algunos intelectuales de su época (nacidos la mayoría entre 1870 y 1880) y menciona a Rubén Darío (1867), Amado Nervo (1870), José Santos Chocano (1875), Florencio Sanchez (1875), Leopoldo Lugones (1874), José Ingenieros (1877), Belisario Roldán (1873), Ventura García Calderón (1886), José Vasconcelos (1882) y Rufino Blanco Bombona (1874), entre otros.
Todos ellos, o casi todos ellos, constituyeron un grupo de intelectuales que a principios del siglo que pasó redescubre o vislumbra nuestro destino sudamericano, entendiendo por Sudamérica a la América Latina toda, desde México a Tierra del Fuego. Como diría Martí: “del Bravo al Plata un solo pueblo”.
Precisamente a la cabeza de este despertar, como un antecedente ineludible, aparece el cubano José Martí quien escribía en 1877: “el primer deber de un hombre de estos días, es ser un hombre de su tiempo. No aplicar teorías ajenas, sino descubrir las propias. No estorbar a su país con abstracciones, sino inquirir la manera de hacer prácticas las útiles”. Y más adelante en su famoso artículo “Nuestra América”: “Los pueblos que no se conocen (se refiere a los hispanoamericanos) han de darse prisa para conocerse, como quienes van a pelear juntos. Los que se enseñan los puños, como hermanos celosos, que quieren los dos la misma tierra, o el de casa chica, que le tiene envidia al de casa mejor, han de encajar, de modo que sean una, las dos manos. (…) Ya no podemos ser el pueblo de hojas, que vive en el aire, con la copa cargada de flor, restallando o zumbando, según la acaricie el capricho de la luz, o la tundan y talen las tempestades; ¡los árboles se han de poner en fila, para que no pase el gigante de las siete leguas!”.
Dicho al pasar, la prosa de Martí, de la que apreciamos un típico fragmento, está anunciando el advenimiento del Modernismo. Este movimiento, liderado por el nicaragüense Ruben Darío, renovó la prosa castellana pero al mismo tiempo contravino lo que decía Martí de no aplicar teorías ajenas, pues se caracterizó por vivir mirando al exterior, a París especialmente, y sus temas fueron exóticos e irremediablemente forasteros.
Manuel Ugarte que luego sería amigo e influyera sobre Darío (cantor de princesas pálidas y marqueses empolvados) escribía en 1896, en alusión a ese exotismo modernista:
En medio de las vencidas muchedumbres
Que reclaman el pan de las ideas,
Ellos pierden el tiempo refiriendo
Los idilios de reyes y princesas,
Evocan mitológicas mentiras
Y en oleadas de rasos y de sedas
Insultan sin saber –quizá sabiendo-
El rojo sol de la verdad plebeya.
...Palabras huecas
y frases sin color son las que triunfan
en esta edad donde la nada impera.
Lo cierto es que en 1898 la guerra entre EEUU y España luego del autoatentado contra el acorazado norteamericano Maine en la Habana (que termina con la “libertad” de Cuba, y Puerto Rico y Filipinas en manos estadounidenses) vino a sacar de su sopor a la inteligencia de Nuestra América. A la cabeza de esa reacción latinoamericana aparecen el colombiano José María Vargas Vila, que en su libro de 1902 “Ante los bárbaros” describe a los norteamericanos de manera tan poco amable; el nicaragüense Rubén Darío, que abandonando por un momento sus cisnes y marquesas escribe en 1904 su poema “A Roosevelt” y el oriental José Enrique Rodó con sus libros “Ariel” (1900) y “Motivos de Proteo” (1909).
La mayoría de éstos eran, como dijera Abelardo Ramos, “latinoamericanistas de tiempos pacíficos”.
Tomemos un par de ejemplos: Rodó (al que no hay que quitar el mérito de haber sido el primer reivindicador de Bolívar e iniciador de una idea de Patria Grande, o mejor dicho quien primero la retoma), en su libro más famoso, opone el espíritu del aire, Ariel, es decir Hispanoamérica, “la parte noble y alada del espíritu”, a la materia sensual y torpe, es decir, Caliban, personificación de los EEUU. Para Rodó América Latina era lo que él consideraba la “vida superior”, el arte, la filosofía. La actividad económica, la pujanza industrial se la dejaba al Calibán yanqui. “Necesario es temer- decía-, por ejemplo, que ciudades cuyo nombre fue un glorioso símbolo en América; que tuvieron a Moreno, a Rivadavia, a Sarmiento; que llevaron la iniciativa de una inmortal Revolución; ciudades que hicieron dilatarse por toda la extensión de un continente, como en el armonioso desenvolvimiento de las ondas concéntricas que levanta el golpe de la piedra sobre el agua dormida, la gloria de sus héroes y la palabra de sus tribunos, puedan terminar en Sidón, en Tiro, en Cartago”. Rodó oponía, como vemos, una América precapitalista e idealizada al impulso industrial yanqui. Era el suyo un pensamiento reaccionario, conservador, que tiene que ver con la situación del Uruguay en esos tiempos. Pero esa es otra historia, u otra parte de la misma historia.
Otro autor contemporáneo de Ugarte (había nacido en el mismo año) es el argentino Carlos Octavio Bunge. En su libro Nuestra América, de 1903, reivindica lo que él llama su “acendrado amor a la Patria Grande” y dice: “en el orden psicológico me siento tan hispanoamericano como el mestizo azteca o guaraní o mulato”. Pero a renglón seguido afirma: “al estudiar la psicología de los hispanoamericanos sostengo que descansa sobre el trípode de estas tres cualidades comunes: pereza, tristeza y arrogancia” y pocas páginas más adelante, para desdecirse del todo, declara que al hablar de Patria Grande abusa un poco de las palabras, siendo su “verdadera patria la República Argentina y, en la República Argentina, la ciudad de Buenos Aires”. Con lo que cae en tirabuzón del hispanoamericanismo declamado al más acendrado localismo porteñista.
Finalmente otro argentino contradictorio, José Ingenieros, defensor de la revolución rusa, propulsor de la Unidad Latinoamericana e inteligente observador de la política de Yrigoyen, escribía en 1918 en el prólogo al libro de Bunge: “Mientras los ingleses tuvieron en Norte América, hembras anglosajonas, conservando pura su psicología al conservar la pureza de su sangre, los españoles se cruzaron con mujeres indígenas, combinando sus taras psicológicas con las de la raza inferior conquistada”.
Y así por el estilo: Alfredo Palacios, Lugones, Darío, Florencio Sánchez, González Calderón, todos renquean de alguna pierna, generalmente la misma: su desconfianza cuando no su odio hacia el pueblo, el pueblo real, no el abstracto de los discursos políticos y literarios. Y ya sabemos por Fierro que no tiene patriotismo quien no quiere al compatriota.
Por eso, cuando se produce la primera guerra mundial, el único que permaneció fiel a la idea de la independencia latinoamericana (sin abdicar de su pensamiento socialista) fue Manuel Ugarte. Es más, con lo que le quedaba de su antigua fortuna fundó el diario La Patria (1915- 1916) para defender la neutralidad, la justicia social y la industrialización en Latinoamérica.
En ese diario que vivió solamente tres meses, entre fines de 1915 y principios de 1916, Ugarte se muestra precursor de Scalabrini Ortiz, al denunciar la política antinacional jugada por los ferrocarriles ingleses en el desarrollo económico y político argentino. (En ese sentido recomiendo la lectura del capítulo 3 del tomo segundo de la biografía de Ugarte escrita por Norberto Galasso y publicada por EUDEBA en 1973).
Por lo que hemos venido desgranando desordenadamente, vimos que Ugarte fue enemigo jurado del imperialismo (sea yanqui o inglés), luchador por la unidad latinoamericana, la industrialización y el nacionalismo cultural, enemigo del arte por el arte (lo que hoy los escritores sin nada que decir llaman la “especificidad de lo literario”), defensor de la justicia social, neutralista durante las dos guerras y, como frutilla del postre, partidario y embajador del gobierno advenido tras las elecciones de febrero de 1946. ¡Pobre Ugarte! Tenia todas las lacras posibles para que el establishment cultural y político oligárquico lo crucificara en vida y mucho más después de muerto. Lo que demuestra la vigencia de sus ideas.
Cuando debió cerrar en 1916 su diario La Patria, escribió Ugarte: “El diario deja de publicarse pero las ideas quedan”. Treinta años más tarde en “Escritores iberoamericanos del 900” afirmaba aquello que recordábamos más arriba: “la del 900 fue una generación vencida”. Queda claro que pese a incluirse en esa generación, Ugarte no fue un vencido. Sí lo fueron en cambio los que claudicaron, los que tranzaron con el poder oligárquico o con las ideas dominantes emanadas de ese poder (los Palacios, los Daríos, los Rodó), o aquellos que como Lugones o Ingenieros no atinaron a ver el camino. Ugarte, por el contrario, sigue siendo “el muerto recalcitrante que no se deja enterrar” y su pensamiento sigue vivo y señalándonos el rumbo: en nuestros pueblos avasallados por el imperialismo el socialismo debe ser nacional.
Juan Carlos Jara
